ARRIERO-VIAJERO-COMERCIANTE
1a parte.
Yo tenía 10 u 11 años de edad aproximadamente cuando mi padre de carácter duro, disciplinario y fuerte me llevó a viajar caminando detrás de aquellos burros que cargaban sobre sus lomos cargas pesadas que llevamos a vender a un pueblo lejano llamado La Merced del Potrero San Miguel del Puerto Oaxaca… salimos de San Pedro Huamelula apenas asomaba el lucero flojo en la madrugada, Graciano Manuel Zárate Ortega mi padre, se levantó antes que yo o más bien, creo que no durmió para darle de comer a los animales, ultimar detalles del largo viaje que yo no conocía, darle maíz a los burros porque decía que el maíz les daba mucha fuerza para aguantar la carga el día completo aunque el precio de la semilla era elevado él, les ponía el morral con maíz amarrado como un bozal en el hocico del animal para que no regaran la semilla.
Pegó mi papá la carga de un lado del asno y yo ayudé a detenerla para que él pegara el siguiente lado, así sucesivamente con los demás borricos mientras mi madre que tampoco había descansado echaba tortillas clayudas en el comal, amasaba sobre el metate con sus manos morenas llenas de cayos por el rudo trabajo de todo el día para dejar listas las cargas que mi padre y yo llevaríamos a la sierra a la vendimia. Echó en una servilleta especial apartada para el almuerzo unos frijoles fritos con manteca de cerdo, un pedazo de queso de la región, a veces; ya era un queso muy seco y salado que era parte de nuestra alimentación, también puso una masa con mezcla de panela para la primera estación de descanso, era el almuerzo propiamente, en esa mantita también puso chiles secos, ahí también estaba la linterna, las pilas, los cerillos y no sé qué más cosas puso. Entregó en manos de mi padre el morral de ixtle que con solo al agarrarlo se sentía lo pesado y lo áspero del material para uso rudo.
Mientras eso sucedía se veía al interior de nuestra casa de horcones, piedra, lodo, morillas, con el techo de tejas (tejaban), había una linterna de petróleo en una mesa de caoba pegada a la pared y un candil afuera en la enramada, los dos aparatos daban una luz muy tenue que apenas alumbraba el espacio donde estaba la actividad pero ya estábamos acostumbrados ya que en aquel tiempo no había energía eléctrica, en todas las casitas alumbraba uno de esos aparatos y en otros por la pobreza no había más que un pedazo de ocote encendido que duraba muy poco, ahí estaban también cientos de insectos voladores que les atraía la luz y que en momentos se posaban sobre la cara o se metían directamente a los huecos de las narices, ellos también formaban parte de nuestro entorno.
Al terminar de pegar la carga, mis padres hablaron de los detalles del viaje y mi papá se despidió como dos compañeros de la misma empresa, no hubo abrazo ni beso ni seña alguna de un poco de amor por ser esposos. Así de seca fue la escena de despedida porque así era la época, no conocían o sentían pena decirse cosas como pareja de esposos en frente de mirones.
Con una vara larga que sujetaba mi padre con su mano derecha, comenzaba a carraspear como lo hizo todas las mañanas cuando se levantaba para trabajar, comenzó a hablar fuerte a los animales que traían sobre sus lomos cargas de pan agridulce, el famoso y rico pan de Huamelula que estaba precedido de mucha fama por su forma de elaboración y su exquisito sabor, mucho más ahora estos que venían apilados dentro de los canastos de gruesos carrizos envueltos los panes con grandes hojas verdes de tauruntín que les conservaba la frescura y el sabor además que no se estropeaban aunque los pollinos iban en pasos tropeleros.
Iba mi padre con el ánimo hasta arriba diciendo como nos esperaba este viaje donde yo jamás había ido. Era la primera vez que caminaba a pasos ligeros arriando y oliendo pedos de burros que a cada rato expulsaban el ruidoso aire con fuerte olor a excremento de burro. Es fácil de identificar el olor de excremento de este animal, tiene un olor peculiar que no sé cómo explicar.
Pasamos por enfrente del panteón donde de reojo vi las luces de varias veladoras que estaban en la tumba de una señora que acabaron de enterrar una tarde anterior, era la tumba de la finada Valentina que decían que era una mentada (bruja), no me dio miedo porque los animales hacían ruido con sus cascos al caminar y sus respiraciones junto sus pedos y los chillidos de los pesados canastos de carrizo distraían mi atención.
Fue una madrugada muy pesada pues yo era un niño que jamás había tenido un trabajo pesado y mucho menos había desvelado tanto.
Tenía mucho muchísimo sueño y mi padre se daba cuenta, me recriminaba cada vez que se le antojaba con furia. “-Ponte listo, pareces vieja, fíjate tu hermano como se quiere ir para otro lado, pégales-“, lastimaba mi orgullo de ser un varón porque era su forma de enseñarle a su hijo que ya quería verlo grande para que lo ayudara, para que fuera un buen ciudadano, honesto, trabajador, yo sentía muchas ganas de llorar y regresar de ese camino oscuro y estrecho y arenoso que en la madrugada era fresco pero que al mediodía se convertía en rojas brazas muy calientes para un par de pies descalzos, tenía ganas de decirle que se fuera solo que la escuela me esperaba y que por acompañarlo me iban a reprobar, tenía ganas de mentarle la madre tal vez y decirle que se callara la boca o decir que me enseñara con un mejor método porque yo era un mocoso que no estaba aguantando la chinga del camino del arriero.
Amaneció cuando íbamos pasando por la salina del Rosario, habíamos caminado unos 25 kilómetros aproximadamente y mis pies y dizque piernas estaban resintiendo el andar, sin embargo; tenía que seguir hasta el último aliento y escuchando las ofensas y maldiciones de mi padre que así fue siempre conmigo. Pasamos en medio de El Coyul, nos detuvimos tantito porque pasó a saludar a su tío Tomàs Alegría y la tía Petrona Rosado, cuando de nuevo se incorporó al grupo, se escucharon las voces del tío que decía “-Manuel pasen un ratito y échense un café-“, no; contestó Manuel “-es muy temprano y nos falta bastante para llegar a nuestro destino que es la merced. Cruzamos el río de mucha arena y poca agua del poblado pana pilyiú (el Coyul), con su vara larga de la mano derecha le picó al burro delantero que se retorció de dolor y aceleró el paso normal a casi trote y yo componía y descomponía los gestos y el cuerpo, ya era un tremendo castigo para mí que jamás había caminado tan largas leguas a pie por ratos y otros andando.
Pasamos en un suspiro a la ranchera de San Bernabé Ayuta, tanto Ayuta como todos los pueblos que habíamos pasado en el recorrido yo no los conocía solo había escuchado los nombres de esos lugares que son agencias municipales de Huamelula.
Eyyyy detén tus hermanos gritó fuerte mi papá, estábamos a la orilla del río de la población de Ayuta, los burros ya sabían que hacer, unos bajaron presurosos sus cabezas para meter sus trompas en el agua fresca y cristalina del río y otros se les notaba el cansancio y el hambre que hacían como aparentando querer pastar un poco para distraerse de la carga pesada que traían sus espaldas.
Apersogamos los asnos y bajamos uno a uno las pesadas cargas de cada uno, alojamos los cinchos para liberar sus fustes y descansaran un poco mientras yo muy cansado me quise sentar para tomar reposo, de nuevo la voz de mando del patrón ahora más tranquilo, trae el morral que me dio tu mamá, ese morral de ixtle estaba en una de las sillas que traía la carga menos pesada del animal más débil, descolgué el morral mientras mi papá soplaba las hojas secas que ya había juntado para hacer fuego como lo hacían todos los arrieros del mundo.
Le di el morral y sacó uno a uno lo que tenía que era nuestro almuerzo, yo deseaba con toda el alma escaparme de esa esclavitud y correr por el monte y desaparecer, ya no quería estar ahí, simple y sencillamente; ya no podía dar un paso más, estaba muy extenuado, quería estar haciendo mejor el trabajo de la casa, ayudar a mi madre acarreando agua con el aguantador aunque se me pelaran los hombros, aunque me doliera la espalda, aunque me regañara o no me diera de comer, prefería eso en esos momentos o estar ahí para lo que era necesario a mi madre pero ahora eso ya no iba a ser posible porque, si ahora estaba ahí con el patrón de mi padre, era para educarme, para ver si se me quitara lo travieso y desobediente, para darme en la madre en esos caminos y se me pelaran los pies para que fuera buen muchacho, buen hijo, buen ciudadano y buen cristiano, ya que mi madre me hablaba con cariño y mucho amor sobre la obediencia para mi futuro y no quise entender por las buenas, prefería los “amigos”, la vagancia aunque con hambre pero no gustaba estar en casa para que mandaran y me utilizaran.
Ahora te chingas exclamó el patrón que ya me hizo sentir muy mal al grado de desfallecer como cuenta la historia bíblica de Jesucristo antes de ser crucificado, estiré la mano hacia la servilleta del itacate y comenzamos a comer, en una jícara de morro estaba el pozol con agua fresca y cristalina del río de San Bernabé Ayuta, los frijoles secos y fritos, el pedazo de queso que pellizcamos y comimos con avidez, luego mientras comíamos las tortillas clayudas el señor patrón las remojó con agua y se ablandaron y se transformaron en tortillas que solo mi madre María Escamilla Robles sabía hacer con sus manos morenas llenas de cayos por el rudo trabajo pero que les ponía el gran amor y el gran cariño…
2da parte.
Ayuta una pequeña ranchería aquel tiempo con un río de agua abundante y cristalina, situado a 15 metros sobre el nivel del mar, de tierra fértil y gente buena como el pan de trigo, ahí es el último pueblo que pertenece a la costa, lo que seguía de nuestra ruta eran cerros y cerros y muchos cerros, lo supe cuando de nuevo montamos los montones de carga sobre los fustes de los borricos no sin antes verles sus espaldas que algunos tenían unas grandes heridas, se les veía la carne y mostraban los tejidos con sangre, resultado de la refriega de la pesada carga y las sillas que no eran de la medida de sus espaldas, a esos animales que resultaron con “matada”, mi padre les puso un puñado de ceniza fina, lo que había dejado la leña de “cucharita”, leña de un árbol resinoso que saca largas y abundantes lenguas de fuego.
Agachándose bajo de la panza de los burros mi padre apretó de nuevo los cinchos de cada uno de las sillas rústicas de las bestias y yo, me quedaba mirando lo que hacía, entonces eso fue suficiente para lanzarme una mirada que era más filosa que un puñal, queriendo decirme que me pusiera listo y le echara la mano, yo sabía, lo que decía sin esbozar palabra, solo con su mirada de águila encabronada en fin…
Una ligera lavada a la olla y la jícara en las aguas cristalinas del río de San Bernabé Ayuta y una ojeada alrededor para checar que no queda nada y con la vara larga en la mano derecha para fustigar a los burros, pudiera ser que, en cualquier momento, también a mi sobre mi pequeña espalda que ya comenzaba a sudar copiosamente porque el sol, la cobija de los pobres estaba arriba esperándonos para comernos nuestros cuerpos.
Comenzamos a subir por lomas de tierra porosa y blanca que es una mezcla de piedra y arena, en ese territorio había un sin fin de matas de nanche, yo había comido hasta empacharme de nanches pero no conocía las matas de esa fruta de sabor estítico, dulce y de olor agradable al antojo.
Fiuss fiuss le hacía muy fuerte con la boca mi padre produciendo un sonido, el de los arrieros para apurar a los casi santos y muy sufridos burros que no emitían una palabra, solo fuertes pujidos que me hacía pensar que si yo fuera burro, que chinga estaban llevando esos pobres y santos animales, había momentos que alguno de ellos se paraba ya muy extenuado pidiendo quizá ayuda para subir el empinado cerro con la carga y con su alma pesada por el cansancio, esto pensaba sin saber si los animales tenían alma.
“-No lo empujes, no agarres a tu hermano, no ves que no debes tocar a tu hermano, ¿lo haces otra vez?, entonces aquí se quedará y yo te voy a ensillar para ponerte la carga-“. En silencio y maldiciendo la hora de estar ahí con mi patrón caminaba cansado y ahora con miedo, conocía a mi padre y sabía que era cruel en momentos que yo era víctima, pareciera que me traía de encargo, muchas veces lo había hecho que por sorpresa me atizaba un manazo frente a mi santa madre que de inmediato sacaba la cara por mi diciendo : Manuel porque tratas así a tu hijo, háblale, enséñale de otro modo, él, está muy chamaco , esa no es la forma de enseñar. Al recordar esos momentos me encomendaba al Dios del catecismo que daban las “madrecitas” de la iglesia de Huamelula. Eran ya varias cosas que hacían que en cualquier momento tomara la decisión de escaparme como un día lo hicieron los esclavos cansados, hartos de los malos tratos de los amos, bueno; eso lo contaban algunos que leían historia de la esclavitud, sin embargo era también más grande el miedo de perderme en esos montes donde habitaban tigres, leones, leoncillos, jabalíes y todos esos animales feroces, mi imaginación iba en aumento como mis pasos atrás de los burros que pedorreaban ruidosamente subiendo los empinados altozanos.
“-Vamos a llegar al portillo de morro Ayuta me dijo mi padre ya con voz amigable, todavía es buena hora para avanzar para que mañana entremos temprano a la Merced del potrero y podamos vender la mercancía-“. Parecía mi amigo en ese instante que hablaba, cambió mi miedo a una grata emoción que movió mis entrañas, quería hacerse tal vez amigo de un niño y apenas se estaba dando cuenta que era su hijo, quería hacerlo su aliado para poder hacer que aprendiera el oficio de arriero viajero y comerciante y que luego aportaría dinero para la casa, ese amigo seria después un buen ciudadano honesto y trabajador.
Con los pies como hilachos seguíamos subiendo y subiendo ese camino serpenteado de Ayuta rumbo a Chacalapa bajo del sol quemante como brasas, hasta que por fin llegamos donde se conoce como portillo de Chacalapa, los burros tomaron aliento, era muy notorio su agotamiento, bajaban a veces la cabeza buscando un montoncito de yerba para acertarle una mordida que tronarán esas fuertes dentaduras que eran como viejos trapiches que muelen la caña para hacer melado y la panela.
Era otra la situación, había amainado la tempestad, los rayos y truenos, se estaban apaciguando, mi padre también era de carne y tenía alma, aunque yo estaba muy cansado físicamente, mi alma estaba teniendo calma y tranquilidad.
Bajamos y bajamos y subimos una y otra vez esos serpenteados caminos entre montes y más montes empinados cuando los animales comenzaron a acelerar el paso, estaba a la vista el río de San Isidro Chacalapa, un río no de gran caudal pero se mantenía en ese momento apenas con suficiente líquido para que los animales corrieran ansiosos a la pequeña corriente para saciar su sed y escudriñar pastura a las orillas, unas yerbas verdes con espinas y con una pequeña fruta en forma de bola también con bastantes espinas, sonaban sus molares con estruendo para triturar la yerba.
Mientras eso sucedía con los burros cargados, mi padre notó que yo ya no podía más, que solo caminaba como zombi, había llegado mi fin, sin alma, vida y corazón como dice una canción.
Hizo lumbre muy rápidamente como todo arriero valeroso e inteligente, bajó el morral de ixtle donde veía la comida y tendió sobre la arena entre piedras la servilleta de las tortillas correosas y los frijoles secos fritos, con el queso salado, puso agua del río al pequeño perol de peltre que todo el camino venía haciendo ruido pero que ninguno de los dos arrieros lo tomó en cuenta, lo sentó sobre las piedras que formaban el fogón y le agregó un pedazo de panela para endulzar el agua. Comimos lo mismo de la mañana, de nuevo mi padre ahora ya no era como mi patrón, remojó las tortillas correosas, clayudas que preparó mi madre María Escamilla con mucho amor, para su esposo y para su pequeño hijo, mete la mano en el morral me dijo con palabras suaves, saca unos pescados que deben estar ahí envueltos porque huelen, si no lo comemos, se echarán a perder, efectivamente, en otra servilleta bordada con pequeñas rosas rojas y amarillas que mi santa madre bordó, ahí estaban aparejados cuatro pescados “lisa” con huevera amarilla abundante muy bien asados. Mi santa madre era inteligente y muy trabajadora, nomás al recordar su vida como la trató la situación tan precaria, la extrema pobreza, me pongo a llorar como ahora estoy llorando
Mi madre era muy joven cuando yo nací, contó que estaba trabajando en la salina sacando sal, iba de regreso a casa y la bestia mular que montaba, la tiró rompiéndose uno de los brazos que jamás pudo componerse y mucho menos doblar ya que se le quedó pegada la coyuntura, mi padre le ayudaba a peinarse, a ponerle los coloridos listones para que se viera bonita, sin embargo era muy inteligente y muy, muy trabajadora, muy emprendedora, le buscaba a la vida como ella decía
Una pequeña lavada a la jícara, un reojo al lugar para que no se quedara nada en ella lugar, con un varazo al burro grande líder y delantero del viaje, nos enfilamos hacia hasta ahora desconocido destino final para la venta de las mercancías…
3ra parte.
Con los pies descalzos, con las piernas como dos hilachos, dirigí mi mirada hacia los animales que sin inmutarse seguían pujando con la pesada carga que rechinaba a cada paso sobre sus lomos, los fuertes mecates de ixtle estaban ahorcando los canastos de pan y en otros pollinos también se notaba lo fuerte que Manuel Graciano mi padre había amarrado las cargas para no desatarse jamás, para que no anduviera perdiendo el tiempo en “cosas de niños”, él, era un hombre fundido con aleación de oro y bronce, a prueba de cualquier prueba, era rígido con él mismo para que le salieran bien las cosas, para no cometer errores, tal vez porque así fueron los pasajes de su vida desde que quedó huérfano a los dos años, por eso, tanto los animales, las cargas, los costales, bueno;;hasta su pantalón lo amarraba exageradamente bien.
Pasamos erguidos, orgullosos en medio de San Isidro Chacalapa, me sentí ya un hombre de respeto tan solo porque nos miraban algunos moradores de un pueblo muy apartado de todo que a veces pienso que hasta de Dios.
Gente buena, humilde, muy pobre de dinero, trabajadora, trabajadora porque en esos grandes cerros empinados se divisaban los “rastrojos” a lo lejos, grandes manchas de remiendos, asemejaban precisamente unas sábanas remendadas con harapos de otro color que eran los cultivos de maíz, esos terrenos fértiles donde se daban frijoles del cerro, esas semillas sabrosas cuando estaban bien cocidas con ajo, cebolla y sal en la olla de barro, también esas tierras daban chiles picantes por montón, eran generosas en aquellos años como dice un oficio fechado el 27 de abril de 1949 cuando era presidente municipal de Huamelula el C. Hipólito Robles, le reclama propiamente al agente de Chacalapa porqué se opone que amojonen los linderos que comprenden las tres cruces, San José Chiltepec, Huamelula y Agua Grande, que constituyen las cabezas que limita los terrenos, propiedad comunal de Huamelula y los que el propio Huamelula, tuvo que ceder a la agencia municipal de ese lugar que carecía de tierras y de títulos que ampare la posesión de cualquier superficie. También manifiestan no estar conformes con que Huamelula con toda buena fe, les haya manifestado la sesión de la superficie de tierras que llega hasta la barra de Zimatán y colinda con los de Xadani y con las de San Miguel Chongos.
Por falta de comprensión y por más, y que si Chacalapa insiste también Huamelula podría desconocer el compromiso y aún retirar la sesión donada.
Así de claro y fuerte Don Hipólito Robles declaró en aquellos tiempo para poner a buen recaudo a los que inquietaba a los otros pobladores paisanos mimos ya que les convenga mantener dividido a Chacalapa para conveniencia de unos cuanto más no de todo el pueblo.
Aquel lugar aparentemente solo y muy alejado a un día entero de camino a pie, se le notaba gran evangelización del catolicismo ya que a la cabecera de la población estaba situado un majestuoso templo que tiene gran parecido en tamaño y figura a la de San Sebastián la que aún permanece a duras penas en San Pedro Huamelula.
Al pasar por en medio del pueblo mi padre carraspeaba como lo hizo toda su existencia desde que lo recuerdo, -“mira allá arriba de aquel cerro, por ahí está San Miguel Chongos, también ahí vive gente que come pan de Huamelula, conocía mucho al saber de viajeros, arrieros y comerciantes han ido a esos pueblos que están entre muchos cerros como Santa Catarina (cerro de oro), por atrás se llega atrás, muy atrás se esos montes está Hacienda San José (hoy Guadalupe Victoria), por ahí se llega a Ecatepec, a Quieri, a Teipan, a Santo Domingo, a San Lorenzo Jilotepequillo, a San juan la Jarcia, todo esos caminos vas a viajar para que aprendas como ganarte la vida y te enseñes a ser un buen ciudadano de bien”-. Eso decía mientras yo deseaba sentarme por la fatiga, era un mozuelo rapazuelo que estaba cansado y sentía morir.
Caminamos y caminamos por más cerros hasta encumbrar y ahí cambió la vegetación, se veía un territorio de piedra y arena caliza, grandes piedras que adornaban el paisaje que unos se escondían entre muchas, muchísimas matas de dulce y aromáticos nanches, bajamos, bajamos con pasos débiles tanto los jumentos como nosotros los arrieros hasta que se escuchó un grito muy fuerte de mi padre junto como un estruendo, un fuerte y fino silbido que los animales que de inmediato entendieron la señal de parar, de hacer alto definitivo, ni un paso más… los animales agotados completamente, algunos bajaron sus cabezas para mordisquear pastura que ahí había en abundancia, era por eso hacer la estación en ese lugar de cerritos de piedra y tierra blanca. Bajamos uno a uno las cargas pesadas de los lomos de aquellos sudados burros y después de bajarlos mi padre les quitó la silla a todos, al quitarles el fuste como él lo llamaba, algunos animales se arquearon por el dolor al despegarse el áspero trapo de su piel, doblaron sus columnas al sentir despegarse de su piel los calientes “blandos” que no eran más que unos costales doblados que algunos estaban blandos y otros nada de eso, eran pedazos de pantalones tiesos de mezclilla que sus dueños al no tener costales o harapos blanditos, los ensillaban algunos con lonas y plásticos en fin… tan solo imaginar la herida que les provocan los fustes que no les quedan en su cuerpo y andando todos los días con la carga encima; pobres animales, me pongo a reflexionar cómo debemos ser los hombres para tratar bien a los animales que nos proporcionan apoyo como estos burros que no hablan para quejarse de los malos tratos, no deberíamos ser tan crueles, sin embargo; en toda la existencia del hombre y los animales siempre así ha sido el trato inclemente, despiadado.
Los burros que tenían heridas mi padre les puso unos puñados de cenizas que ahí había, que era lo que habían dejado los arrieros que ahí en ese lugar habían hecho estación de descanso. Dejó completamente sueltos los animales porque dijo que cansados y con tanta hambre no se iban a regresar hasta Huamelula, hambrientos como se sentían, iban a comer toda la noche. Los canastos con pan los pusimos arriba de unas piedras que los otros viajeros habían adaptado para evitar que las hormigas se royeran y acarrearan el pan por migajas y las otras cargas o mercancías las puso mi padre y maestro arriba de unos troncos cerca de donde nos acostaríamos para descansar.
Lleva el perol hacia abajo, ahí está el arroyo, llénalo de agua, como esté el agua así la traes aquí la colamos, claro que él sabía que el líquido aparte de ser de color zarco tenía basura y animalitos, bastantes pequeños insectos, fui y llené completamente el perol de peltre y lo acerqué al jefe, agarro el peltre y lo vació al bule o calabazo que traía el agua que venimos tomando por todo el camino desde Huamelula luego Ayuta, después regresó el contenido al perol pero puso la servilleta de las tortillas que le sirvió de arnero o colador, ya había encendido la lumbre con leña de palos resinosos que salían largas lenguas de fuego que apuraron desmesuradamente el café, comimos y mi padre fue por pequeño petate muy viejo y maltratado que servía precisamente para estos menesteres y para tapar la carga, lo tendió y me dijo “-descansa un rato porque yo no dormiré, vigilaré la carga y los animales, al rato te despertaré para que me releves-“, no recuerdo si le contesté porque caí completamente rendido, tan pesadamente como cualquiera de las piedras que estaban ahí por todos lados….
No supe más hasta cuando con el pie o no recuerdo bien pero testereó mi cansado y maltratado cuerpo, -“ya, levántate y ve por los burros, les pones la silla pero les encimas bien sus blandos, hay dos con “matada”, a esos, les pondré ceniza”-, los junté y los ensillé, él hacía lo mismo con los otros y se encargó de apretarles la panza, el fuste ajustando fuertemente el cincho, checó que las retrancas no rosara la parte trasera de cada animal, pegó el bule al burro de menor carga, ató muy bien el ruidoso perol de peltre del café y otra vez ese fuerte ruido con la boca, un efecto de sonido como si fuera un beso súper fuerte y estruendoso, otra vez el fino silbido y a la luz del “lucero flojo” (lucero de la mañana), comenzamos a bajar de “la Escondida”, así se llamaba el punto de estación apropiadamente para quedarse a descansar por la abundancia de pasto, era un tipo de paja muy grande y correosa que los animales devoraban, en ese lugar había poca agua pero los animales comían toda la noche sin dormir. Sus panzas ahora estaban llenas, se veían esponjadas exageradamente, aunque tal vez sin probar agua, la luz de la linterna sorda, de dos pilas de marca Águila negra o Rayo-Vac alumbraba nuestros pies ya que los jumentos no necesitan luz para ver en la oscuridad, éstos; caminaban y de vez en cuando bajaban sus cabezas para arrancar un pedazo de pasto su paso sin tropezar.
Era una vereda aquellos hilos abiertos en la superficie de la tierra que le llamaban camino, eran como pequeños arroyuelos que estaban secos y que nos servía de paso, sin embargo, los borricos iban como nuevos y yo, comencé a conocer el trabajo duro, difícil y castigado del viajero-arriero-comerciante.
CONTINUARÁ…
ARRIERO VIAJERO COMERCINATE
(Cuarta parte)